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Octubre. 2019

De qué hablamos cuando hablamos del bordado y del tejido subversivo

La historia del bordado ha servido como herramienta narrativa para las mujeres de distintas generaciones que a través de él han contado su historia, como si del mito de Progne y Filomela se tratara. El arte textil ha sido estigmatizado como artesanía, sin valor intelectual ni profesional respecto a las llamadas artes mayores como la escultura y la pintura, relegando el trabajo laborioso y exquisito del bordado al ámbito privado y doméstico, y por tanto sin ningún reconocimiento social ni artístico. Las mujeres han cosido anónimamente bajo el precepto de “coser para el otro” (del concepto filosófico de “ser para el otro” de Simone de Beauvoir en su obra “El segundo sexo”) es decir, coser para el marido y los hijos con un fin estrictamente utilitario a la vez que se mantenía intacta la idea de feminidad y sumisión.


¿De qué hablamos cuando interesa que el término feminista se entienda como algo negativo?
La subordinación y devaluación del bordado y el tejido, tienen que ver con la concepción heteropatriarcal del arte, en la que el canon estético ha sido definido bajo la mirada del hombre occidental. Los estándares de belleza, así como los materiales y el mensaje, han sido determinados por los hombres; que han usado el arte como un instrumento más de dominio sobre la mujer. Las mujeres siempre han hecho arte. Pero para las mujeres, las artes más valoradas por la sociedad masculina han permanecido cerradas. Ellas entonces han aplicado su creatividad en las artes de la costura, el bordado y el tejido. Particularmente el bordado y el tejido, se han convertido en armas de protesta, reivindicación y empoderamiento, lo cual demuestra la capacidad de reinvención y un cierto sentido del humor de las feministas, pues la elección de este medio no es casual.

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